Hyperroyalty es un finísimo concepto que nace a partir de un juego de palabras. La hiperrealidad es un término que se lleva utilizando desde hace varias décadas por pensadores como Jean Baudrillard, Daniel Burdin o Umberto Eco, y que pertenece a la cultura posmoderna. Es un concepto un tanto complejo y largo de explicar, pero una definición breve podría ser “Realidad a través de intermediarios (mediada)”. No se puede decir de la hiperrealidad que “exista” o “no exista”. Simplemente es una forma de describir la información a la que la conciencia se ve expuesta.

La palabra real tiene varios significados en español: real, de realidad, o real de “royal” (la diferencia en inglés es muy evidente al tratarse de dos palabras diferentes). Es decir, que tiene existencia verdadera y efectiva o bien perteneciente o relativo al rey o a la realeza.

Lo que hemos querido recoger en este texto es un estudio o reflexión de la producción de imágenes que connotan distinción de clase o afiliación a algún grupo social determinado, utilizando en este juego de palabras la figura del rey o la realeza como el punto más alto de los estratos sociales. Hyperroyalty es una compilación de obras que en mayor o menor medida juegan con este concepto, en especial en el entorno privado o doméstico, y nos ayudan a entender este tipo de fenómeno. ¿Cuál es su lugar o papel en determinados entornos donde están completamente descontextualizados? ¿Existe una necesidad de acompañar el entorno doméstico de este tipo de productos visuales? ¿Qué nos desvelan?

José Manuel Sanz Menéndez

 

La quinta fase es la última, corresponde al olvido, pero se presenta como un momento dudoso, ya que nunca se puede saber con certeza si este momento se da, o si se llega a un olvido o enterramiento total.

En esta parte incluyo textos especiales por su significado.

 

Durante el proceso me surgieron muchas preguntas acerca de si lo que estaba haciendo tenía realmente algún sentido. Mi opción fue dejarme llevar, utilizar mi intuición. Al fin y al cabo, se trata de un diario íntimo.

La documentación utilizada se encontraba entre mis propios archivos personales, desde textos escritos, poemas, canciones, objetos encontrados, papeles, documentos, fotografías…tenía una serie de objetos considerados sin importancia, que había guardado en una caja de zapatos a la que llamé “la cajita de la melancolía” y que me propuse no sacar en un tiempo de mi cajón. Allí introduje billetes de autobús, entradas de conciertos, librillos de papel de fumar, notas recordatorias y un abono de transporte que sólo usé un mes.

El método usado ha sido básicamente artesanal, pues a pesar del empleo de la fotografía digital, no quería perder el carácter íntimo y de construcción del texto manuscrito o el collage.

 

La cuarta fase corresponde a la superación y por lo tanto cicatrización. Una vez recuperados y clasificados todos mis recuerdos, hago un recorrido imaginario por lo que será su vida en el mismo momento en el que yo ya no la comparto. Yo también sigo con mi vida, que documento, y en la que se me presentan varios posibles candidatos (reales o no) a sustitutos. En un primer momento la intención era realizar fotos en mi propia cama con personajes anónimos, como posibles figuras a ocupar el espacio que esa persona había dejado hueco. Pero finalmente, por problemas logísticos y falta de modelos disponibles, opté por fotografiarme sola dejando un interrogante sobre el nuevo sujeto. Empleo además textos y reflexiones.

 

La tercera fase constituye la resignación al hecho del recuerdo. Aquí el dolor sigue presente, pero se matiza, y se presenta como más racional y palpable, menos monstruoso.

Como la memoria es traicionera, y distorsiona los hechos, comienzo con una recuperación lo más objetiva posible de recuerdos, esos recuerdos que en un principio he desechado, y de la misma manera que recupero mis espacios, aquí recupero información esencial, pero desde la distancia, de lo que fueron los cuarenta días juntos. Como hay espacios a los que no he vuelto, ni volveré, como es su casa o su lugar de trabajo, pues se presentan peligrosos, decido hacer una reconstrucción mental de los mismos, llevándolo al terreno del dibujo. Asimismo, me percato de que la memoria ya ha comenzado a degradar algunos recuerdos, leve pero inexorablemente, y a la hora de reconstruir cosas como su perfil o las estancias de su casa, no llego a recuperarlos del todo en mi fichero personal.

Intento además hacer una descripción detallada de días, mensajes, palabras y todo lo que pueda sacar del pozo de la memoria. Busco en internet (Google Earth), creo imágenes, itinerarios, rutas, encuentro fetiches que tengo guardados…intento conservar todo lo que me pueda quedar de los cuarenta días que ya han pasado, atrapar lo poco que pueda del tiempo que acontece.

 

Adjunto, además, otra serie de figuras simbólicas, como el juego de pareja que consiste en escribir palabras en la espalda con la mano. Yo solía realizar este juego. Días posteriores a la ruptura, escribí “Tengo un montón de mensajes en mi espalda que aún no se han borrado”, así que le pedí a una compañera que me escribiera una serie de frases que escogí, como prueba del juego íntimo. Son frases con significado personal para mí, que solía decir mucho, pero que escritas y fotografiadas parecen desvirtuarse, o incluso son incomprensibles. Para ello, incluyo instrucciones detalladas, como si de un modo de empleo se tratase, para realizar dicho juego.

Instrucciones de juego.
Jugadores: 2.

1_ El ambiente ha de ser cómodo y relajado. Ambos jugadores deben sentirse a gusto y proporcionarse intimidad y confianza. Uno de los miembros debe situarse de espaldas al otro, bien sea sentado o tumbado. Puede realizarse con ropa o con la espalda desnuda (esto último mejora la sensibilidad).
2_ El miembro que mira a la espalda de su pareja debe situarse a una distancia adecuada (ni demasiado lejos (no llega a la longitud del brazo) ni demasiado cerca (impide movilidad). Se comienza a trazar con un dedo sobre la piel de la espalda, cuidadosamente, sin presionar demasiado.
3_ La función del juego es transmitir mensajes invisibles sobre la piel de otra persona, y el papel de ésta es, mediante este intercambio de comunicación táctil, leer sobre su propio cuerpo el mensaje emitido. Se trata de un juego sencillo, pero que requiere cierta atención.
4_ Lo más aconsejable escribir letra por letra, en mayúsculas y a tamaño grande, de modo que ocupen gran parte de la superficie de la espalda, para una mejor comprensión del receptor. El emisor debe ser claro, conciso, no dudar e ir a la velocidad adecuada para que el mensaje pueda ser procesado y comprendido.
5_ Admite múltiples variantes de escritura y dibujo. Pueden añadirse símbolos sencillos, corazones, cruces, estrellas, círculos, siempre y cuando no entorpezcan la comunicación. Para añadir dificultad se puede variar la velocidad o el tamaño de los caracteres. Si se quiere borrar el mensaje, basta con frotar, lo que significará “se empieza de nuevo”.
6_ Una vez escrita la palabra o mensaje, el interlocutor frena y espera la respuesta de su contrario, que en su caso es repetir verbalmente lo escrito. En caso de no acertar, se puede repetir de nuevo. Más tarde, los jugadores se intercambian en rol.
7_ A su finalización ambos dispondrán de múltiples líneas y trazos, significantes de una comunicación íntima y silenciosa, sólo comprensible por los dos, no visibles al ojo.

En este mismo tiempo comencé a realizar un trabajo en clase de grabado que sería un autorretrato de cómo me sentía en ese momento. Una presentación visual de mí misma, pero no como algo global, porque soy de las que creen que todo muta y nada permanece, sino yo misma en ese momento y en ese espacio. En ese mismo trabajo decidí tomar tres imágenes de mí misma, que también tomé como períodos por los que habría de pasar. Desesperación, dolor y recomposición. Modifiqué las imágenes y las realicé con un calco en barniz blando. Lo titulé “Self portrait in love” (Autorretrato Enamorada), como descripción de mi estado anímico.

En la primera imagen se me ve poniendo las manos por delante de mi cara, con actitud de defensa, además de dos cortes en las muñecas. En la segunda imagen se me ve con gesto de indefensión, y tres grandes agujeros en la cabeza, el corazón y el estómago. Los órganos están a la vista. En la tercera imagen me muestro cosiendo una serie de rasgaduras por todo el cuerpo, como recomponiendo mi persona.

La segunda imagen sobre todo hace alusión a una teoría sobre el amor y los chakras (puntos vitales en la filosofía oriental). El chakra de la razón se encuentra en la cabeza o el cerebro, el de las emociones en el pecho o el corazón y el de las pasiones en el estómago o las entrañas. Se entiende como amor cuando los tres chakras se sincronizan y dejan de funcionar por separado ante esa persona.

Este bello detalle lo incluyo dentro del diario como prueba del estado de dolor en el que me veía inmersa.

Dentro de este tiempo he querido distinguir varias fases que comprenden mi comportamiento tras la ruptura emocional.

Se puede decir que el luto o duelo tras la pena amorosa lo comprende todo, pero he querido especificar más.

La primera fase simboliza la negación ante el desastre que acontece. La vida se desmorona, la sucesión de soleadas mañanas que parecía el amor se nublan. De pronto, la ausencia se hace patente y hay una toma de conciencia de que uno ha de enfrentarse solo a las próximas circunstancias. Es preferible no pensar en ello, negarlo, hacer como si no hubiese ocurrido nunca, cancelarlo directamente, enviar toda la información reciente a la papelera de reciclaje.

La mente humana funciona como un disco duro ante traumas o información mal procesada. Lo que no interesa, se elimina, y lo que hace daño también, pues puede contaminar otra información importante. Los traumas funcionan como virus. La diferencia es que dependiendo de lo maligno que sea el trauma, la mente lo procesa y elimina con mayor o menor lentitud. Ante shocks traumáticos muy fuertes (accidentes, atentados, abusos sexuales, violencia extrema) la mente funciona con la suficiente rapidez como para eliminar el recuerdo, o al menos enterrarlo, dejando los menores rastros posibles. Ante penas o disgustos menos graves que provocan un sufrimiento moderado, la memoria lo procesa con mayor lentitud, dando a entender que este dolor puede ser útil para el aprendizaje posterior.

Así pues, yo decidí cancelar esta información recibida en mis cuarenta días de relación.

Al mismo tiempo, con esta cancelación se me presentaba un problema mucho mayor: recuperar mi propia vida. Hacer que lo que había compartido con esa persona, pero ya conocía previamente, no fuera borrado ni contaminado por su recuerdo. Decidí pues hacer la terapia que yo misma bauticé como “recuperación de espacios”. Todos los sitios que había frecuentado con esta persona ahora tenían un significado diferente. Yo quería volver a recuperarlos como míos, porque los conocía antes de estar con él. Así bien, me negué a quedarme en mi casa evitando pasar por los lugares antes citados, sino que decidí reivindicarlos, y ver si a fuerza de verlos en soledad, podía crear un recuerdo diferente y nuevo de ellos. Igualmente hice con canciones que escuchábamos juntos, pues eran canciones que yo conocía previamente, y las letras me decían cosas distintas.

La estrategia fue acudir a estos lugares vestida con un vestido azul, el mismo que llevaba en el primer encuentro que tuve al volver a Madrid. Es un vestido que me compré en Venecia, pero desde el inicio de la relación se había convertido en “su vestido”, por el recuerdo afectivo que generaba en ambos. Pedí a una amiga que me fotografiara por una serie de lugares en los que habíamos estado, tanto al comienzo como al final del romance, trazando así un recorrido lineal por la ciudad. En todas las fotografías me muestro de espaldas al objetivo, como verdadera actitud de negación.

Añado, además, una serie de frases y textos que pertenecen a canciones, así como a pensamientos que esos momentos me generaban (hay que tener en cuenta que esta sesión está realizada bastante después de la ruptura para ilustrar el estado de ánimo en el que me encontraba, así que más bien es como una actuación o un simulacro. No es un diario a tiempo real, sino una reconstrucción de lo ocurrido).

La segunda fase es la de aceptación de los hechos, y vino a darse cinco días después de la ruptura. Tardeo o temprano esta fase, que es la más temida, siempre llega. Se trata de una toma de conciencia del dolor. Se dio tras un encuentro fortuito por la calle con esta persona, y fue entonces cuando la angustia estalló, asimismo el sentimiento de pérdida.

La frase que puede resumir este período es “Te has ido, pero yo he decidido desaparecer”. Aquí es cuando la frase del título cobra mayor sentido irónico. Yo no quiero que él y yo seamos amigos, porque esa supuesta amistad contamina mi visión de los hechos.

La estrategia empleada aquí es la más costosa, pues se trata de una fase bastante caótica, llena de pensamientos y sentimientos mezclados. Al aceptar que hay una ruptura, hay dolor, y el dolor es irracional.

Las estrategias que me he planteado utilizar están clasificadas en un cincuenta por ciento cabeza y en otro cincuenta por ciento intuición. Como ya he dicho, quería arriesgarme a hacer algo que hace bien poco dije que no haría nunca más, por miedo a que me afectara demasiado, y es poner un enorme peso emocional en una obra. Y no sólo en esta, sino aprender a manejar la información personal y emocional dentro de mi propia trayectoria como artista, para poder manejarla a ella y que ella no me maneje a mí.

Después del prudente tiempo de luto tras la ruptura comenzó a rondarme la idea de hacer un trabajo sobre la misma, aún no sabía si a modo de terapia o tratándolo como si fuera un tema de la misma importancia y trascendencia que cualquier otro tratado anteriormente.

Lo cierto es que nunca me ha gustado la idea del arte a modo de terapia, porque tiene cierto significado peyorativo dentro de la didáctica de las artes, dándose a entender como algo que se realiza como hobby o entretenimiento a personas no cualificadas en la materia. Sin embargo, artistas como la misma Sophie Calle o Jo Spence han utilizado el arte y sus creaciones como manera de superar traumas o disgustos, haciendo un recorrido al mismo tiempo por un proceso artístico completamente válido y nada despreciable. Creo simplemente que se les ha dado un sentido negativo por su carácter descriptivo más que narrativo, si como narrativo entendemos las meta narraciones, algo fuertemente ligado a lo masculino, la historia universal frente al diario personal, por poner un ejemplo comprensible. Lo narrativo siempre se ha adjudicado a lo masculino y lo descriptivo, que es lo que quedaba de puertas apara dentro, a lo femenino, para así asociarlo más tarde al hogar, lo íntimo y lo pequeño.

Lo que me interesaba era tomar la palabra dentro de ese discurso de lo íntimo y personal, haciéndolo visible y por lo tanto existente.

Así que recurriendo a lo persona, lo que a mí me había sucedido dentro de esa relación de cuarenta días, decidí tomar la información necesaria para construir esa relación, o mejor dicho, reconstruir la relación y la ruptura consiguiente. Una cosa es lo que ocurrió, y otra lo que yo cuente de ello. Una cosa es lo que iba a suceder y otra cosa es cómo yo lo planteara. Nada es natural, y las cosas no se dan por sí solas, sino que nuestra memoria las procesa de una o de otra manera, a nuestro antojo. En este caso yo decidí olvidarlo, pero puse el freno a tiempo. Esta vez iba a tomar yo la palabra, aunque fuera para contarlo a posteriori.

Así que decidí escribir un diario, y hacerlo público.

Regresé de mi estancia erasmus el 3 de agosto de 2007. Durante todo el trayecto, no pude dejar de llorar. Cuando llegué a Madrid, me pareció una ciudad extraña y peligrosa, llena de ruido y gente desconocida. Tuve la sensación de que algo bueno debía esperarme, para poder superar toda aquella ausencia. Se me pasó por la mente realizar una obra sobre la ciudad de Venecia, completando así una obra que había realizado allí, llamada “No me olvides”. Pero para mí era tan doloroso el regreso que no pude mover un dedo.
Yo volvía esperando ver a una persona que me había olvidado mientras yo estaba allí. Deseaba con el corazón abierto de par en par volver a encontrarme frente a frente con él, aun sabiendo que él ya no me recordaba, aunque durante los últimos meses yo misma pensara que también le había olvidado.
Aquella persona no estaba en la ciudad, sin embargo me encontré con otra que actuaba de nexo común entre los dos, y me preguntó cómo estaba. Hacía mucho que nadie me preguntaba.
Decidí finalmente quedarme con éste último, olvidando así al primero, aunque algo me decía que probablemente no era más que un parapeto para esconder la verdadera angustia que me producía la ausencia del otro.
En septiembre comencé una relación con esta persona. Una relación llena de subidas y bajadas, que duró cuarenta días.
Tras ese período, una tarde de viernes fue finalizada por él mismo, claudicando con una frase. “Podemos ser amigos”.
Cuando me fue arrebatada, porque así sentí el final, como un verdadero arrebato, no podía creerme que una vez más hubiese llegado un momento de mi vida en el que me gustaría formatear mi memoria y empezar de cero, completamente virgen. No era la primera vez, y aún no sé si será la última. Pero esta vez por lo menos supe que tendría que emplear alguna estrategia para superarlo. Exprimir la experiencia, y exorcizar toda esa memoria que me iba a doler como millones de minúsculos cristales en el corazón. Retorcerlo, darle la vuelta, enfrentarme a ello, pero que el dolor no fuera en balde, y por lo menos, narrarlo con voz tranquila y gesto pausado…
Escuché una frase que nunca hubiera querido escuchar. Podemos ser amigos. Era lo último que quería ser. Amiga suya.
Comenzaba así la historia de este proyecto. Aunque yo entonces aún no lo sabía…

En un primer momento yo no tenía muy claro el trabajo que quería realizar, aunque desde hacía poco más de un año había empezado a  interesarme el tema de la memoria y el olvido. Debido a mi estancia de nueve meses en un país extranjero, comencé a reflexionar sobre el desarraigo que provoca el estar en un lugar donde, como mecanismo de defensa, uno debe construirse lo más rápido posible un mundo nuevo, una existencia sólida que nos permita sentirnos seguros en ese lugar diferente y extraño. Hablar una lengua diferente, conocer los usos y costumbres, los itinerarios, rutas, horarios…saber cómo defenderse ante temas burocráticos, dónde hacer la compra, dónde acudir en caso de peligro, de desamparo, conocer lugares peligrosos donde es mejor no meterse, hacer amigos…todo ese tipo de cosas conforman una rutina que es necesaria en nuestra vida para poder llevar una ordenación de nuestra memoria. Sin la rutina, sin la cotidianidad que tenemos que construir en un lugar nuevo, no podemos ordenar nuestras actividades, y por lo tanto, nuestros recuerdos.

La memoria me interesa desde el punto de vista psicológico en su función de mecanismo de defensa. Se supone que es un concepto construido, y no natural. Nosotros mismos, poseedores de ella, la vamos haciendo poco a poco, y por lo tanto no es real, sino que es manipulada y construida a antojo del usuario. Es decir, nuestros recuerdos funcionan en base a una metodología del aprendizaje, y funciona como parapeto antes traumas. Con una experiencia que no queremos volver a vivir, la memoria nos enseña a “no acercarnos al fuego”. Ante traumas mayores que nuestras emociones no son capaces de soportar, la memoria se bloquea y decide no procesar esa experiencia. Ante datos que no consideramos importantes, la memoria los desecha, dejando así espacio libre para nuevos datos. Este funcionamiento de disco duro es el que configura nuestra capacidad para manejar nuestra vida en base a la experiencia vivida.

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